El historiador Felipe Miguel de Poggi Borsotto público en la revista “El Museo Canario” varios artículos con el título “Impresiones de un viaje a Güimar”. Fue en uno de esos artículos en los que se detuvo a describir al Barranco de Badajoz, ya que le produjo una gran impresión.
“De estrecho cauce, sus orillas son elevadísimas, calculándoseles una altura aproximada de 700 pies. Montañas casi cortadas a pico que miradas desde el fondo case se confunden con las nubes, cubiertas de arbolado infunden cierto temor al que se arriesga incauto a penetrar hasta allí. Y decimos esto porque con frecuencia suelen desprenderse piedras desde lo alto que vienen rodando y causarían indefectiblemente la muerte del que tuviera la mala fortuna de recibir su choque. Una piedra del tamaño de una nuez sería suficiente para matar un hombre. Allí corren abundantes aguas desde una elevada altura en plano inclinado, levantando a uno y otro lado su follaje con orgullo árboles de las diversas especies que componen nuestra flora. En este barranco, aislado como peregrino en un desierto, tuvimos el placer de ver un madroño (arbutus canariensis) cuya especie casi ha desaparecido por completo de nuestros bosques.”