1883


Ireneo González Hernández
(1842 - 1918 Tenerife)

      Considerado el mejor gramático canario del siglo XIX, Ireneo González fue catedrático por oposición de latín, retórica y poética, lengua castellana y religión. Escribió posiblemente la más bella y detallada descripción del Barranco de Badajoz que fue publicada en la revista Ilustración de Canarias el 30 de septiembre de 1883 con el título El Valle de Güimar.

      El Barranco de Badajoz situado al S. O. Y formado por la ladera, es lo más notable que allí se encuentra: es lo más grandioso que después del Teide, podemos por su belleza salvaje admirar en esta Isla. Desde el fondo del barranco cubierto de maljuradas cuyas amarillas flores semejan una alfombra de oro, apenas se alcanza á ver una tercera parte de la altura de los riscos cortados perpendicularmente, ocultas casi siempre sus cumbres entre las nubes, y poblados en la parte superior de gigantescas mocaneras. Precipítase al centro de la herradura de forma irregular en que el barranco termina, una hermosa cascada con sonoro rumor y grata vista. A la izquierda la cueva del culantrillo , verde y pequeña galería, da paso á cristalinas aguas; á la derecha por la Madre vieja con cavidad semi-oscura, entretegida de helechos y jibalveras discurren grandiosamente mansos arroyuelos; mientras que bajo los  pies se oyen bullir confusamente las aguas de la Mina. En las alturas se divisan recuerdos de nuestros antepasados los pacíficos moradores de aquellas soledades. En la cueva del cañizo se alcanzan á ver cruzados unos palos que algún temerario que ha llegado á penetrar allí asegura se de sabina. Al frente, entre la Cascada y la Madre vieja, pero á una altura accesible sólo para algunos pájaros, está la lanzita, palo que debiendo ser bastante grande aparece del tamaño de un bastón, y que no puede conjeturarse cómo ni por quien fue puesto allí. 

      Si algún atrevido intenta buscar el origen de la Cascada, llegará con gran riesgo de su vida al fondo de una especie de embudo cortado verticalmente, de paredes completamente lisas y de una elevación tal que causa algo más que espanto, más que horror. Allí la vida se encuentra á cada momento en inminente riesgo; una piedra del tamaño de una avellana desprendida de la altura produce un ruido que aturde. En el fondo, un poco más arriba del naciente del agua que brota en diferentes partes al pie de unos peñascos, existe un agujero de dos pies de diámetro; si se arroja por él una piedra, se oye que cae de uno en otro salto durante algunos segundos, y se va oyendo más confusamente el golpe, y luego el sordo rumor de la caída, sin que llegue á percibirse el término de ésta aunque se aplique el oído á la boca del abismo. Este lugar se denomina la hondura, ó la fuga de cuatro reales.

      En la parte opuesta, la Madre vieja da entrada, aunque completamente inaccesible, á otro abismo inmenso que corre parejas con la Hondura y se llama el Osario á causa de los huesos que en el fondo hay, de cabras despeñadas. Este sólo puede verse desde la cumbre.



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