1890
René VerneauAntropólogo y médico (1852 - 1938 Francia)
Visitó por primera vez las Islas Canarias en 1877. A partir de esa fecha y hasta su muerte sus viajes a las Islas, con el objetivo de realizar diversos estudios cientificos, fueron muy frecuentes. René Verneau en “Cinco años de estancia en las Islas Canarias”, publicado por primera en 1890 en Francia, describe el Barranco de Badajoz de la siguiente manera:
“El Barranco de Badajoz es lo más notable de Güimar. No conozco nada más bello como barranco. Remontando este desfiladero, donde el agua corre con profusión, se encuentra en
medio de verdaderos bosquecillos de durazneros, damasqueros, y sobre todo, ciruelos. En la recolección de la fruta se encuentra a cada paso gente cargada con enormes cestas de ciruelas, que se apresuran a poner en tierra, invitando al caminante a comerlas. Un poco más arriba, el barranco se estrecha bruscamente. El agua cae en cascada en medio de una vegetación frondosa, y las paredes, y las paredes se elevan verticalmente a centenares de metros. Entre cada muralla, el barranco no mide más de 30 metros, en algunos sitios apenas se ve la roca, pues todo está cubierto de millares de plantas que crecen, no se sabe como, sobre estas murallas cortadas a pico. Siempre subiendo, el barranco se alarga de nuevo y se termina en un inmenso callejón sin salida donde es agua se precipita desde las alturas de la cumbre. Una infinidad de dragos adornan las gigantescas paredes de este circo y parecen desafiar el hacha de los hombres civilizados.
Un lugar como este no podía dejar de atraer a los antiguos, a quienes tanto gustaban los barrancos escarpados. Por todas partes se ven cuevas que les sirvieron de refugio. Desgraciadamente, todas han sido devastadas, aparte de una que nunca nadie a podido alcanzar. Situada a una altura prodigiosa, contiene unas vigas colocadas allí sin duda para mantener bloques poco sólidos. Ya había realizado ascensiones difíciles y no creía que estuviese más allá de mis fuerzas. Con la ayuda de mis pies y manos ascendí la mayor parte de la distancia que me separaba de la cueva inexplorada. Extenuado, quise descansar en un grueso bloque que parecía estar puesto allí a propósito. Desgraciadamente la roca no estaba firme y cedió bajo mis pies. La seguí en el descenso y debo la vida a una de esas plantas tan temidas allí, la euphorbia canariensis. Ella me paró en mi caída demasiado rápida y después de ese día profeso culto a esa planta. Menos afortunado que yo, mi reloj rodó hasta el fondo del abismo.”