G. Jeffery
“Disfrutamos
inmensamente el paseo con la estimulante frescura de la madrugada.
Enramados de rosas llenas de rocío, madreselva y heliotropo,
colgaban por encima de las paredes de los jardines, llenando el aire
con fragancia; y por encima de nosotros se elevaban los vertiginosos
cerros que bordean Las Cañadas, no ocultos por ninguna nube, y
recortados agudamente contra el cielo azul, algunos inmersos en una
profunda
sombra y otros reluciendo de un rojo resplandeciente bajo el brillante
sol.
Nosotros estábamos al principio
ligeramente defraudados de Badajoz, que nos habían dicho era el
más hermoso barranco de Tenerife, pero que, ami
parecer, ciertamente no excede en grandeza al de Ruiz. Sin embargo,
la mitad superior, donde la garganta entra en el mismo corazón
de las montañas, es imponente en extremo. La mitad estaba sumida
en una profunda oscuridad, mientras que la otra resplandecía
bajo
la luz del sol, lo que por supuesto realzaba la idea de altura; y, a
medida que nuestras expertas y seguras mulas trepaban por sobre las
enormes peñas, nosotros teníamos que estirar nuestros
cuellos
para examinar las perpendiculares paredes rocosas que se elevaban sobre
nosotros ocultando todo, salvo la más estrecha tira de un cielo
inolvidablemente azul.
En el extremo final, una cascada
impedía el progreso más allá; y, después de
una breve parada para explorar una espaciosa y resbaladiza cueva
de considerable tamaño, regresamos por el escabroso camino por
el que habíamos venido.”
Nicholas Goode
“Los casi
verticales riscos que encierran el Barranco de Badajoz (cerca de
Güimar)
son soberbios, formidables e imponentes. Sería difícil
encontrar algo más majestuoso y sublime. El viajero que
permanece
en el cauce del barranco, y mira hacia arriba para medir con su vista
la altura de esas enormes moles, percibe sólo un trozo de cielo
que, como el abovedado techo de un enorme templo, descansa sobre dos
colosales
paredes. Allí, mientras contempla tan magnífico
espectáculo, el hombre se siente dominado por un respetuoso
temor; comprende su pequeñez, y no puede sino pagar, desde la
misma profundidad de su alma, un justo tributo de gratitud y
admiración al Ser Supremo. Pero hay todavía más
que ver. Vamos hacia el centro, donde el Barranco forma una especie de
cavidad; y allí contemplaremos la más bella
cascada, en cuyo curso se reúnen y engrosan las aguas de
innumerables
manantiales y fuentes naturales. El más bonito de éstos
brota de la Cueva del Culantrillo, una gruta fabulosa, que tiene su
techo
y paredes completamente relucientes con las más hermosas plantas
acuáticas. La fresca y lujuriante vegetación del lecho
del barranco está en singular contraste con la evidente pobreza
de las rocas que sobresalen, encima de las cuales, sin embargo, existe
un interesante grupo de inmensos dragos.”